domingo, 26 de agosto de 2007

"Al duodécimo golpe"




Un sonido le hacía sentir que debía correr más rápido, o mejor dicho, presionar las teclas a la mayor frecuencia posible, a modo de entregar el texto a primera hora de la mañana. Algo le decía que no lo lograría.
Una música sonaba de lejos, y le impedía concentrarse. Algo en su cabeza le decía que podría acabar con su malestar.
Su pelo estaba sucio y enredado, su rostro descuidado y las uñas largas; a el no le importaba.
Tomó el abrigo negro y las llaves de la pieza, estaba decidido a acabar con eso.
Salió a la calle y encontró a unos hombres tomando; recordó aquellos tiempos en que eso para él era suficiente, esos en que no sentía “pititos en el oído” ni ganas de salir de su casa a las 5:25 de la mañana.
De un auto, un chico de unos 15 años le ofreció sexo, diciendo que sólo costaba $5000 pesos y que era absolutamente discreto. Él furiosamente le dijo que se fuera al demonio, que eso no era lo que andaba buscando.
Al caminar dos cuadras sintió con total claridad el sonido que lo había obligado a dejar de lado sus escritos de “Las riquezas de nuestro país”. El lugar era un galpón descuidado, un retrato del paso del tiempo y del arte callejero. Un lugar perfecto
La música era extraña, fuerte, incluso desmedida para un lugar tan tranquilo.
El riesgo era inminente, en cualquier minuto podría arriesgar su vida o ser víctima de quizás que cosa. Pero eso, ya no era su prioridad.
Comenzó a golpear la puerta y a pedir que le abrieran, consciente de lo patético que podía parecer. Al no obtener respuesta, comenzó a buscar algo con que golpear más fuerte. A pocos pasos encontró una piedra de unos diez kilos, con un tinte similar al de la puerta; aparentemente no era el único que había intentado entrar a como de lugar.
Al tercer golpe, una gota comenzó a correr por su frente, dejó la piedra y con la manga del abrigo sacó la huella del cansancio.

Al décimo segundo golpe, sintió un movimiento.

De la puerta salió una chica de look rockero, quien lo tomó del abrigo y lo tiró hacia adentro. La puerta se cerró.
Adentro había unas cien personas, él sintió impresión de no ser el único en el pueblo. Se acercó a la chica y le preguntó a quién podía comprar, y ella le respondió qué acá no se vendía nada. Él sonrió.
La mayoría bailaba, aunque un grupo no menor se encontraba en el costado, jalando seguramente. Giró en sus talones y comenzó a caminar rápidamente hacia ese lugar. Su “premio” estaba demasiado cerca. A punto de llegar, la chica lo tomó del brazo y lo interpeló diciendo: “¡tú no vas a ningún lado!”, él se soltó de ella empujándola hacia un lado. La chica cayó al suelo, él la miró con su expresión más burlesca y siguió caminando.

En el costado, había una mesa de pool cubierta por “coca”. Quien anotaba podía consumir. A él le pareció entretenido, pero le demandaría mucho tiempo, así que se acercó a la mesa e intentó sacar algo. En el acto, un tipo de su edad aunque mucho más fuerte lo tomó y le dijo que para consumir debía jugar, de lo contrario se las vería con él.
Esperó su turno por unos diez minutos, pero la necesidad era más fuerte. Rápidamente se acercó a la mesa a modo de sacar algo y huir.
A punto de llegar, el tipo clavó una cuchilla en su estómago. Cayó en la mesa, sobre su preciada sustancia, que al fin consumía. Poco a poco sentía la música, los recuerdos y las visiones entremezclarse de una forma nunca antes experimentada.
Ahora, podía morir en paz.
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